Texto: Fernando Bandín

       

Comentando los inicios en la fotografía de la naturaleza, varios compañeros coincidimos en la inflexión que supuso el empleo habitual del trípode, frecuentemente tras la lectura de autores ―tales como John Shaw― que recomendaban su uso encarecidamente. La calidad de las imágenes resultantes, carentes de trepidación, se incrementaba notablemente.

   

Un error común entre noveles es considerar el uso del trípode tan sólo necesario en las largas esperas en el hide o cuando las velocidades de obturación son muy lentas a causa de una iluminación débil —reduciendo así su uso a escenas crepusculares o nocturnas—. Sin embargo, la experiencia va mostrando la importancia de usarlo siempre que se empleen teleobjetivos largos o macros (cuando la magnificación se emplea en acercarnos a seres diminutos), así como en muchas otras situaciones.

   

Aún cuando no nos encontremos utilizando esos objetivos especializados, el trípode nos ayuda en la composición. En las tomas con gran angular, donde una ligera desviación del encuadre nos mostrará horizontes marinos caídos o árboles extrañamente inclinados, el trípode nos permite un encuadre preciso. En otras ocasiones, tan sólo es la necesidad de esperar con todos los parámetros ajustados a que cese la brisa que mueve el sujeto. Las tomas de arroyos con exposiciones largas para reflejar el fluir del agua son impensables sin un buen soporte. Por otra parte, el empleo de películas de baja sensibilidad, tales como Fujichrome Velvia, combinado con un filtro polarizador y una profundidad de campo amplia, enseguida provoca velocidades de obturación demasiado lentas como para tomarlas a pulso. Y así, numerosas utilizaciones que hacen que muchos nos sintamos desamparados sin un buen trípode a mano.

   

Las características de un buen trípode

En cualquier manual de fotografía de la naturaleza encontraremos una descripción de las características de un buen trípode, en la que suelen coincidir la mayoría de los autores. Pero antes de comenzar a analizar los modelos que nos ofrece el mercado, hagamos un repaso a lo que debemos considerar como prioritario.

   

Un buen trípode se caracteriza por su estabilidad. Hasta la utilización de la fibra de carbono, esto simplemente significaba que cuanto más pesado, más estable, aunque, ciertamente, la calidad de fabricación también afecta a la estabilidad.

   

Hay dos fuentes de vibración en una toma. Por una parte la provocada por el disparo, tanto al pulsar el disparador como al levantarse el espejo. Podemos soslayar ambos problemas utilizando un cable disparador y una cámara que disponga de enclavamiento de espejo, con lo que mejorará notablemente la nitidez de la imagen. Si no podemos levantar el espejo de la cámara, hemos de confiar en la masa de inercia del trípode y en su capacidad para absorber las vibraciones.

   

La segunda fuente proviene de la brisa que puede afectar a todo el conjunto. En este caso sólo nos queda esperar a que disminuya y a que el peso del trípode, con cámara y objetivo, sean suficientes para anular su efecto. Una forma de aumentar su peso es colocar un bean bag sobre la cámara y el objetivo, o colgar de la columna central del trípode algún objeto pesado que tengamos a mano. Algunos trípodes disponen al efecto de un gancho en el extremo inferior de la columna central.

   

Como hemos visto, la estabilidad está reñida con la ligereza. Del mismo modo, lo está con la compacidad. Cuantas más secciones tengan las patas del trípode, menos estable y más lenta es su utilización, aunque su tamaño plegado sea atractivo. Por eso se recomiendan trípodes de no más de tres secciones.

   

Una característica importantísima es la posibilidad de abrir las patas en diferentes ángulos. Muchos trípodes están pensados para ser utilizados en zonas lisas como las presentes en la urbes o en el estudio. Pero en el campo nos encontramos continuamente con elementos que dificultan su colocación, por lo que es importante que cada pata se pueda abrir independientemente de las otras y en diferentes ángulos de inclinación.

Otros dos parámetros a tener en cuenta son la altura máxima y mínima. El frecuentemente citado argumento de "¿para qué quiero un trípode más alto que yo?", choca frontalmente con la realidad cuando nos encontramos en una ladera. La altura máxima vendrá determinada por la posición de la pata en el lado inferior de la ladera, mientras nosotros nos encontramos en la parte alta. Asimismo, muchas veces la maleza dificulta el encuadre ―como así nos ocurre frecuentemente en el norte ibérico— y, aunque nosotros podemos subirnos a una piedra o un tronco, el trípode no.

   

La altura mínima es muy importante cuando vamos a utilizar el trípode en tomas a ras de suelo, como suele ocurrir en macrofotografía, viniendo determinada por la capacidad de las patas para inclinarse y por la longitud de la columna central, que tropieza en el suelo. Un trípode sin columna central resolvería este problema, a costa de dificultarnos pequeños ajustes en altura. Otra forma de lograr tomas bajas es invertir la columna central si el trípode lo permite, aunque las sombras de las patas pueden caer sobre el motivo, además de obligar al fotógrafo a realizar contorsiones para encuadrar, pues el visor queda hacia abajo.

   

Tanto el peso como el número de secciones tienen a mayores una implicación en la facilidad de transporte. Cuando vamos a hacer largas caminatas por la montaña, el exceso de peso va a ser un factor limitante. Por otra parte, en los viajes que requieren vuelos, se aprecia tanto la ligereza como la facilidad para empaquetarlo entre el resto del equipaje.